Callum Barker espera paciente a que lleguen los manifestantes. Ha sido uno de los primeros en presentarse frente al hotel The Bell en Epping, una pequeña ciudad al noreste de Londres que se ha convertido en el foco de las protestas contra los solicitantes de asilo en el Reino Unido. Barker, trabajador de la construcción y vecino de la localidad, se ha alzado como una de las voces más destacadas de las manifestaciones después de que uno de los huéspedes del hotel, de origen etíope, fuese detenido por presuntamente intentar agredir sexualmente a una niña de 14 años a principios de julio.
“Para mucha gente era algo inevitable. Sabíamos que tener a esta gente aquí es un peligro, así que no fue una sorpresa que detuvieran a alguien”, asegura este joven de 22 años, trabajador de la construcción. “Este hotel ha estado abierto en varios periodos en los últimos cinco años y durante este tiempo ha perturbado a la comunidad. La gente no se siente segura llevando a sus hijos al colegio, están asustados por tener que pasear por aquí de noche. No sabemos quién está alojado aquí y eso ha generado tensión y ansiedad”, añade Barker, a pesar de que tan sólo se han registrado tres incidentes desde que el alojamiento empezó a acoger a solicitantes de asilo en 2020, ninguno de ellos con sentencia firme.
Decenas de personas se van sumando poco a poco a la manifestación. Muchas de ellas portan banderas del Reino Unido y de Inglaterra, camisetas con el eslógan ‘Leave the kids alone’ (Dejad a los niños en paz) y carteles con proclamas como ‘Epping says no’ (Epping dice no) o ‘Stop violence against women and children’ (Detened la violencia contra las mujeres y los niños). Los coches que pasan por delante pitan a los asistentes en señal de apoyo, bajo la atenta mirada de decenas de agentes de la policía desplegados para proteger el edificio y a los 138 solicitantes de asilo que siguen en su interior. Los pocos que se dejan ver son increpados por los manifestantes, que les exigen que vuelvan a sus países de origen.
División ciudadana
El sentimiento de rechazo hacia los solicitantes de asilo es mayoritario en Epping, una ciudad históricamente conservadora. Aún así algunas organizaciones antirracistas han conseguido concentrar a cientos de manifestantes frente al hotel en las últimas semanas, con el objetivo de hacer frente a las protestas.
Henning Ehrlich, un extrabajador social ya jubilado, se muestra contrariado por la reacción de gran parte de los ciudadanos de su localidad. “Hasta dónde yo sé, los solicitantes de asilo tienen el derecho a vivir en alguna parte y tenemos la obligación de acogerlos según las leyes internacionales. Es verdad que ha habido un par de incidentes, pero de momento nadie ha sido declarado culpable, así que creo que la gente está exagerando. Puedo entender que los padres con hijos estén preocupados, pero eso no significa que todos los solicitantes de asilo sean malas personas”, señala. A su lado, Michael Westwood, también jubilado, replica: “Tienes una casa con cuatro habitaciones, pero no te llevas a ninguno allí”.
El aumento de la tensión en Epping y el riesgo de que se produzcan disturbios, alentados por grupos de extrema derecha ajenos a la localidad, ha sido uno de los argumentos que ha presentado el Ayuntamiento del distrito para pedir el desalojo del hotel. Unos argumentos que se suman a la falta de los permisos necesarios, ya que supuestamente el establecimiento no informó debidamente a las autoridades locales sobre su cambio de actividad. La justicia aceptó estos argumentos y ordenó el cierre cautelar del alojamiento el próximo 12 de septiembre, pero la decisión ha sido revertida por el Tribunal de Apelación ante el riesgo de que otras Administraciones sigan el mismo camino y provoquen un colapso del sistema de asilo.
Proclamas populistas
El incidente de Epping ha servido de combustible para el partido de derecha populista Reform UK y para su líder, Nigel Farage, quien ha prometido abandonar los convenios internacionales de derechos humanos para llevar a cabo deportaciones en masa en caso de ganar las próximas elecciones generales, previstas para 2029. El discurso de Farage, basado en el vínculo infundado entre la inmigración y la criminalidad, ha calado en una parte importante de la población y le ha aupado en las encuestas. Las más recientes, publicadas esta misma semana, sitúan a Reform UK como primera fuerza con un 28% de intención de voto frente al 20% del Partido Laborista y al 18% del Partido Conservador.
El primer ministro, Keir Starmer, ha endurecido su discurso contra la inmigración en un intento de hacer frente a los populistas, a pesar de las divisiones que este asunto está generando dentro de su propio partido. El Gobierno ha prometido cerrar los más de 200 hoteles para solicitantes de asilo que siguen abiertos en todo el país antes de que termine la legislatura, pero ha defendido hacerlo de una forma “ordenada” para garantizar el cumplimiento de las leyes de derechos humanos.
Vías legales
Las organizaciones de defensa de los refugiados han alertado de los riesgos de seguir el discurso de la derecha populista y han pedido al Gobierno que abra vías legales para que las personas que escapan de la violencia puedan solicitar asilo sin jugarse la vida en su intento de llegar de forma irregular al Reino Unido. La movilización de miles de personas en las calles, además, ha aumentado la preocupación de las autoridades por la posibilidad de que se repitan los disturbios xenófobos del pasado verano, algo que pondría en riesgo la seguridad de miles de personas inocentes.
Algunos solicitantes de asilo han mostrado su preocupación, en declaraciones a medios locales, por el aumento de la tensión en Epping. A pocos metros del hotel The Bell, en la iglesia anglicana de St. John, un libro de visitas invita a los recién llegados a dejar sus mensajes. En una de sus páginas puede leerse un texto escrito en amárico, una de las lenguas oficiales de Etiopía, y justo encima, unas palabras en inglés: “Señor Jesús, por favor, escucha mis plegarias”.
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