El triunfo de la sinrazón y el secuestro democrático

Cuando escribo estas líneas, la ola de calor que nos inunda desde finales de julio y los dantescos incendios que asolan la península aún no han cesado. Estamos frente a dos dramáticas realidades, unos parcialmente consecuencia de la otra, que encuentran en la ultraderecha su negación, cuando no su colaboración por omisión. El discurso negacionista del calentamiento global es una constante en todos los populistas de derecha extrema: ataques a la agenda 2030, a la Conferencia de París, defensa de las energías fósiles, ridiculización de los movimientos verdes, etc. Por otro lado, en comunidades que hoy sufren los devastadores efectos de incendios exponencialmente más feroces por el calor más acusado, la presencia en algún momento de Vox en sus gobiernos, o su presión a los gobiernos del PP, forzaron la reducción de presupuestos para la prevención de incendios. Además de la minoración de los medios de extinción o la propia privatización y limitación de los servicios y condiciones laborales de los bomberos forestales.

La ultraderecha fomenta la destrucción de lo público y la eliminación de impuestos. Luego hace su crítica cuando se genera la necesidad de utilizar los medios públicos mermados espuriamente. Ataca a los gobiernos de los partidos mayoritarios, especialmente al Gobierno de España, denunciando su ineficacia, descoordinación y utilizando su eslogan «solo el pueblo salva al pueblo»: la gran falacia desde la dana para acá. El pueblo, el Estado, organizado en buenos servicios públicos: bomberos, policía, protección civil, ejército -pagados con los impuestos de todos-, es lo que limita las consecuencias de los desastres naturales cada vez más frecuentes.

Es una estrategia simple, pero que cala entre los sectores menos formados de la sociedad y también entre las capas más perjudicadas por una exclusión social que, por cierto, aquellos patriotas fomentan. Simplemente, se trata de debilitar desde dentro al Estado democrático, para aparecer como adalides de las bondades de un autoritarismo redentor que salvará a los más desfavorecidos. Es lo que Andrea Rizzi ha llamado la gran hipnosis, que nació en el Brexit, continuó con el primer triunfo de Trump y ha rematado en su segunda victoria. Son todos pésimos gestores. Las consecuencias del Brexit ya las conocen bien los británicos arrepentidos y, sin embargo, su principal impulsor, Farage, lidera de nuevo las encuestas. Desde luego, si no es porque parte de la sociedad está hipnotizada, estas paradojas no serían posibles. Trump aprobó en su primer mandato una reforma fiscal que era beneficiosa exclusivamente para el 1% más rico. A pesar de ello, en su segundo mandato le han apoyado sectores de población no solo no beneficiados por sus políticas, sino claramente perjudicados.

Los últimos datos publicados por el CIS presentan a Vox como partido con mejor intención de voto en desempleados, sectores obreros menos especializados y capas sociales desfavorecidas. Su avance es espectacular y su discurso -falso- contra la inmigración encuentra su mayor eco entre aquellos. Las falacias de las «paguitas» que reciben los inmigrantes, sus mejores atenciones sanitarias y sociales, la criminalidad, etcétera, que fácilmente se desmontan con datos, son creídas a pies juntillas por quienes gustan de informarse por canales carentes de honestidad informativa.

En los programas electorales de estos partidos no hay nada o lo que hay es contra los más desfavorecidos, y, a pesar de todo, los votan. Piensen en Trump o Milei. En el caso de Vox es más sibilino. No hay mensaje, no hay programa, solo consignas vacías de contenido. España, lo primero. Nuestras raíces. Viva la Reconquista. Pelayo. Santiago y cierra España, Europa cristiana… Pero ¿y de los problemas derivados del cambio climático? ¿y del comercio global? ¿y del envejecimiento de la población? ¿y de las nuevas tecnologías? ¿y de la vivienda de los jóvenes? ¿y del cada vez más desigual reparto de la riqueza? ¿y de…? No, a estas y otras preguntas no se les da respuesta desde la ultraderecha. No les hace falta. Su público les compra el discurso facilón y solo hay que esperar a que las clases populares se disparen en el pie y luego en la sien dándoles sus votos. No entra en la razón más elemental que quienes destrozan lo público y luego critican a los gestores públicos desde la barrera sean apoyados por quienes más sufren las consecuencias de su antipolítica.

Está claro que lo que se pensaba en los años noventa del siglo pasado, con relación a que el desarrollo económico impulsaría la democracia liberal y el libre mercado, ha sido un pronóstico errado. El liderazgo de Estados Unidos y el celebérrimo Consenso de Washington -desregularización del mercado y muerte de Keynes- propiciaron un capitalismo más salvaje que a la postre ha generado una mayor desigualdad social y económica entre sectores cada vez mayores de la población. Esas políticas ultraliberales junto a los efectos perniciosos de la globalización y la deslocalización industrial, son el origen de la crisis de la democracia y el multilateralismo. La socialdemocracia no ha sabido resituarse frente a ello.

La jugada ha sido perfecta. Detrás de esos males están quienes ahora se presentan como salvadores de los desfavorecidos, de los jóvenes desubicados, de los nacionales «amenazados» por foráneos, de los agricultores «perjudicados» por Europa, de quienes no tienen para comprar un piso. La hipnosis está surtiendo sus efectos. El problema es que el remedio no se encuentra. Cegados caminamos, caminan, hacia el precipicio aplaudiendo a quienes han provocado sus males y vociferando e insultando a quienes tratan de paliar sus consecuencias. La impotencia es tan grande que cuando algún espabilado -Koldo, Cerdán, Montoro, Rato, Matas o Zaplana- les da gasolina, desacredita a la democracia y sus instituciones. Sí, porque cuando la corrupción afecta a Vox o a los suyos, todavía poco porque han tocado poco la caja pública, sus medios se encargan de enarbolar la bandera de la patria y el ataque «injusto» a sus adalides.

Solo se puede defender la democracia con más democracia, con ejemplo de eficacia y con denuncia unánime por los partidos democráticos de las estrategias suicidas de apoyar a estos desalmados. Sé que es gritar en el desierto, pero lo que faltan son más pactos de Estado y sobra polarización.

Un buen remedio sería que el Partido Popular abandonara su seguidismo y recuperara el centro. El PSOE, por su parte, debería abonarse al discurso más institucional. Hay muchos españoles deseando votar una opción moderada y centrada. Hay millones deseando que ambos partidos abandonen el insulto, las puñeteras redes sociales. Yo tengo mi opinión, claro, pero no voy a caer en quién empezó primero o quién tiene más razón. Para mí está claro quién juega al suicidio, al cuanto peor mejor, pero abogo por rogar que renuncien a los extremos. Salven la democracia, lo que viene es infinitamente peor.

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